Esquema del molino
1. Cabria,
pescante. Grúa para mover las muelas, cambiarlas,
voltearlas, etc.
2. Torillos. Pinzas de la cabria.
3. Tolva. Embudo de madera por donde
se vierte el grano.
4. Torno, husillo. Tornillo que permite
elevar las muelas.
5. Trinquete. Tensor del cordel de
la canaleja.
6. Banco, bancada, mesa. Estructura
de vigas donde apoya todo el sistema de molienda. Va
cubierto con tarima.
7. Castillete. Armazón que
sujeta la tolva y la canaleta.
8. Guardapolvo, cajón, costanera.
Estuche cilíndrico o poligonal que cubre las
muelas.
9. Canaleta, canaleja. Pieza que conduce
el grano desde la tolva al ojo. Va suspendido de cordeles
y vibra con la carraca.
10. Carraca. Pieza estriada que gira
solidaria a la muela y hace vibrar a la canaleta.
11. Ojo. Apertura en la muela volandera
por donde va cayendo el grano.
12. Piedra volandera. Muela superior,
móvil, que se extrae con la cabria.
13. Piedra solera. Muela inferior,
fija y más gruesa, que apoya en la bancada.
14. Boquilla, piquera. Apertura por
donde sale la harina al rebosar entre las dos muelas.
15. Cajón.
Recipiente para recoger la harina.
16. Llave del saetín. Mecanismo que regula el caudal del agua
que hace girar el rodete.
17. Alivio. Palanca regulable que
fija la distancia entre las dos muelas o cernido.
B. Estolda
18. Espada.
Prolongación en hierro del árbol que
conecta con la muela volandera.
19. Árbol. Eje vertical que
transmite el movimiento del rodete a la muela volandera.
Los más antiguos son de madera.
20. Cerraja: pequeña
compuerta del saetín.
21. Rodete, rodezno. Rueda
hidráulica que gira con el agua a presión
del saetín.
22. Puente. Palanca del
alivio. Si el árbol es de hierro suele
ir colocado cerca del techo de la estolda.
23. Saetín. Tobera
de salida del agua a presión.
C. Socaz
Canal por el que el agua es devuelta
al río. |
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El trabajo. La preparación
del grano
El trabajo comienza con la limpieza del grano,
cribándolo en el caz del molino o en unas piletas
al efecto. En el caso de la escanda y el trigo, y con el fin
de separar la cascarilla del grano, esta preparación
se alarga: a continuación
del lavado, hay que ahecharlo, dejarlo a remojo en agua, durante
6 ó 7 horas, o menos «según la prisa que
se tenga».
Se deja secar un poco al sol, extendiéndolo
sobre jarapas, y se vuelve a echar en el costal hasta
el momento de molerlo. En unos casos es el molinero quien se
encarga de esta tarea, en otros es el cliente quien lleva ya
el grano preparado.
La molienda
Con el grano en el costal (saco grande
de tela ordinaria, en que comúnmente se transportan granos,
semillas u otras cosas) justo antes de moler,
se maquila (porción de
grano, harina que corresponde al molinero por la molienda
).
Después se echa en la tolva, de donde
va cayendo a la canalilla, y de ahí, por efecto del roce
de la manecilla sobre la piedra, se
precipita poco a poco por
el ojo de la piedra volandera. La inclinación de la canalilla se puede regular, de manera que caiga más o menos cantidad
de grano.
A partir de ahí, el resto es arte y saber
hacer, tacto, para conseguir una harina de calidad.
Con el alivio se regula la altura de la piedra
volandera de manera
que haya más o menos espacio entre ésta y la solera.
Así se puede obtener una molienda en la que se muela también
la cascarilla o no.
Las condiciones de una buena molienda eran,
pues, que la piedra estuviera bien «planteada», bien
nivelada: «que la fundación, de abajo arriba, estuviera
bien hecha», y que las piedras estuvieran bien picadas.
El tiempo que se empleaba en moler una fanega dependía
de la cantidad de agua que circulase por el caz.
Cuando la presa iba llena, era de tan solo 45 minutos a 1 hora.
Si no, podía prolongarse por dos o tres horas.
El cernido para separar la harina del salvado
lo hacía cada uno en su casa. Luego, cuando a los rodeznos se acoplaron engranajes y transmisiones, se instalaron máquinas
para cernido en algunos molinos.
El mantenimiento de las piedras
Cada 10 ó 12 fanegas había que
picar la piedra blanca, y esto, si se tenía una buena
clientela, si no era a diario, era un día sí y
otro no. La baza duraba más tiempo, unas 230 fanegas.
Para proceder al picado de las muelas, lo primero
era levantar la volandera. Este trabajo se hacía con una
cabria, grúa de tornillo, generalmente de madera de castaño
o de cerezo, con dos abrazaderas de hierro que enganchan en la
piedra; primero se sacaba la piedra de la lavija girando el tornillo;
desde ese momento se le daban vueltas a la piedra para colocarla
sobre el mozo, banco de madera de cuatro patas, donde se picaba.
Con tan sencillo
mecanismo se levantaban con
facilidad los 500 kilos de la piedra.
En los molinos que no tenían cabria,
este trabajo requería de una gran habilidad: se levantaba
con barrillas y palancas, calzándola poco a poco, hasta
introducir las piquetas de hierro, y los rodillos, uno por cada
lado. Con ayuda del mayal se rueda hasta volcarla en el harinal,
donde se calza con las costillas; se cambia entonces la posición
del mayal y se empuja hasta conseguir colocarla fuera del harinal,
horizontal, sobre el mozo.
Para picar la piedra, las herramientas que se
utilizan son picos de punta en la parte central y piquetas para
los bordes.
En esta tarea se emplean unas 2 ó 3 horas,
para solera y volandera.
Las estrías han de ir del centro, del
ojo, de la piedra a la orilla, en forma radial en una de las
piedras, y en forma helicoidal - en el sentido de giro de la
piedra - en la otra, de manera que estén «encontradas» y
den un mejor corte. La forma del dibujo se alterna de una piedra
a otra en las sucesivas picaduras «para que tenga más
muela». Unas estrías más profundas, repartidas
regularmente en la superficie de la piedra, en forma radial o
perpendicular a los radios y en el mismo sentido de giro, permiten
que esta «respire», se refrigere: después
de 15 ó 20 fanegas a pleno rendimiento, la temperatura
que alcanzan las piedras por efecto del rozamiento puede llegar
a quemar la harina.
Las estrías tienen también la
función de facilitar la entrada del grano en las piedras
y la salida de la harina.
Para el picado de las piedras francesas se tomaban
precauciones como eran el uso de gafas y guantes para protegerse
de las chispas y esquirlas que saltaban.
El conocimiento de la técnica del picado
de la piedra es lo que da en la práctica la condición
de molinero.
El mantenimiento del molino y reparaciones
Si el molino estaba situado en una presa pública,
al molinero correspondía el mantenimiento de esa parte
de la presa, y la contribución a los gastos de la comunidad
de regantes que le tocaran; aunque esto último no sucede
en todas las presas.
En cuanto al molino,
tenía que encargarse
de la reparación del caz y de los elementos móviles
en madera, como los rodeznos, si no quería recurrir
al carpintero; de eliminar los atascos del cubo y del saetillo,
de mantener las piedras...
El acarreo
El área de trabajo del molino se extiende
al pueblo en donde se halla y también a los pueblos y
aldeas próximas. El medio de transporte eran
burros, caballos y algún que otro mulo o incluso "al
hombro".
Eran los clientes quienes llevaban
el grano al molino.
Las condiciones de trabajo
El oficio del molinero no era, pues, fácil.
El continuo contacto con el agua, echándola al caz desde
la presa o desde el río, desatascando el saetillo,
tanto en el verano como en el invierno; pasando la mayor parte
del día en una habitación en torno a la cual estaba
corriendo agua --el cubo está adosado al muro
del molino--; y respirando continuamente harina: mientras se
molía, el
guardapolvo evita que ésta se disperse en el
aire, pero no todos los molinos lo tenían, y tampoco parece
que sirviera mucho para este fin, sino más bien para sostener
la tolva,
y al terminar de moler, cuando había que llenar el costal,
recogiendo la harina del harinal con un cazo.
Así, un trabajo duro en un ambiente de
humedad y con polvo. No son extraños
los casos de neumoconiosis («silicosis», dicen),
producto de la inhalación de partículas de polvo
procedente de la molturación del grano, como enfermedad
profesional.
La maquila
Este tipo de molinos que nos ocupa ha sido denominado
también como «molino maquilero».
La maquila es la parte de grano que se cobra
el molinero por el trabajo de moler. Siempre se maquilaba en
grano, antes de echarlo en la tolva.
En la fijación de la maquila no había
ningún tipo de acuerdo entre molineros. Tradicionalmente
venía siendo la misma fracción, y no parece que
cambiara hasta la posguerra.
La maquila está ligada a medidas tradicionales
de capacidad de áridos, como eran la fanega (dividida
en cuartillas, y éstas a su vez en cuartillos,
con sus correspondientes medias medidas), y el celemín,
variable según los lugares, correspondiendo a la cuarta
parte de la cuartilla en unos sitios, o a un tercio
en otros.
No obstante ser una medida estable, esto no
quitaba que el molinero «apretara más» la
maquila, «rebañara» un cuartillo más,
si el cliente no era de los habituales o si el grano era de buena
calidad.
La maquila en los molinos harineros era aproximadamente
del 4 al 8,5%.
Posteriormente se comenzó a cobrar en dinero.
El oficio y la familia. El aprendizaje
y la propiedad
Con el molino surge una nueva especialidad artesana,
la de molinero. Pero,
a diferencia de lo que ocurre en los núcleos urbanos,
en el medio rural no existe ningún tipo de gremio o asociación
entre molineros.
Los inicios en el oficio eran varios. En los
molinos en que un nuevo propietario pretendía ejercer
de molinero sin tener conocimientos del oficio, se contrataba
durante un tiempo a un molinero de quien aprenderían el
padre y uno de los hijos, que heredaría así el
molino y el oficio de molinero.
En otros casos se empezaba como aprendiz en
un molino, a sueldo, realizando las tareas más simples,
como echar el agua en el caz.
Mientras, se aprendía a picar las piedras, a conocer los
tipos de grano y de molienda, hasta llevar el molino a tanto
por ciento o medias con el molinero.
El siguiente paso era establecerse por su cuenta
arrendando un molino, que en algunos casos se llegaba a comprar.
Aquel que mejor «oficio» tenía,
contaba con más posibilidades para arrendar un buen molino.
Así, los molineros a renta pasaban por muchos molinos,
sin establecerse de forma fija en ninguno, salvo cuando lo compraban.
Como decíamos antes, había molineros
sin molino, ni en propiedad ni en renta, que se dedican a trabajar
para otros molinos por temporadas, o bien van haciendo los trabajos
que requerían más «oficio», como
picar las piedras, por los molinos de la zona.
La forma más común era, pues,
aprender el oficio dentro del núcleo familiar, del abuelo
al padre y de este a los hijos, quienes, según la forma
de transmitir la propiedad, se turnarían en el trabajo
del molino, o bien uno de los hijos varones mantendría
el molino de la familia, mientras los otros arriendan molinos
en los pueblos vecinos, o se dedican a otros oficios.
El trabajo se reparte en la familia atendiendo
a una «tajante distribución de tareas, impuesta
por la costumbre», sin más criterios que los de
edad y sexo.
Las mujeres, como es norma en el mundo campesino
que nos ocupa, no son consideradas como productoras, viéndose «desde
el punto de vista laboral, su función tan escasa como
ocasional». Pero
esto hay que matizarlo, ya que la mujer interviene en todos los
procesos productivos,
aunque de forma complementaria. Si en el molino está también
la vivienda del molinero y su familia, la mujer, aunque conozca
el funcionamiento del molino y participe en todo el proceso de
molienda, no toma parte en las actividades definitorias del
oficio como el picado de las piedras. Esos dos trabajos los
realiza exclusivamente el hombre, el molinero, o los hijos o
aprendices de éste.
Su papel, el de la mujer, es puertas adentro, llevando el molino
mientras el marido está trabajando en el campo. La viuda
del molinero arrendará el molino
o lo llevará con ayuda de sus hijos o de un aprendiz.
Los límites a su actividad son sociales y no tiene, pues,
en modo alguno, consideración profesional como molinera.
La tradición familiar en el oficio se
extiende también a la propiedad de
los molinos, dado que el acceso a la propiedad normalmente era
a través de la herencia.
Los arrendatarios pueden ser molineros «de
la calle» o, con mucha frecuencia, miembros de la propia
familia del propietario.
La renta se pagaba mensualmente en especie,
en fanegas de grano, variable según los sitios.
En la renta solía ir incluida la vivienda del
molinero y de su familia.
La vivienda
La casa-molino, o el cuarto-molino en muchos
casos, corresponde al tipo de arquitectura tradicional.
En el interior, unas dependencias dan paso a
otras. En muchos casos, estas casas-molino tienen zaguán
para cargar las bestias a resguardo de la lluvia.
En el molino a veces también estaba la
vivienda del molinero y de su familia. En la planta baja, las únicas
habitaciones eran el cuarto-molino, una pequeña cocina
y la cuadra. En el piso de arriba se situaba el dormitorio, unas
cuantas habitaciones sin más muebles que los indispensables:
alguna cama, unos catres y algún bazar de obra en la pared.
En cualquier caso no diferente de la vivienda de cualquier campesino
medio.
Pero había otros molinos sin vivienda,
cuyas únicas dependencias eran tan sólo la cuadra,
el cuarto-molino y una pequeña habitación de usos
múltiples, con chimenea, que hacía las veces de
cocina y «sala de espera» para los usuarios del molino.
Allí los clientes que habían llevado la molienda
esperaban su turno. Éste era en muchos casos el sitio
de reunión, a falta de bares, del invierno, donde se jugaba
a las cartas.
El mobiliario, en el cuarto de molienda, se
reduce a los elementos estrictamente funcionales: las tolvas y el arcón para guardar las maquilas. El resto era de
obra: el bazarillo debajo de la ventana, para colocar el pilón
de la romana, los soportes de la pared para las piquetas de picar
las piedras y las romanas, el banco corrido en la pared, las
camas de las piedras.
Los molineros y la clientela
La imagen del cliente con la bestia cargada
con parihuelas, formaba parte del paisaje
tradicional de estos pueblos. Cada semana, por término
medio, se necesitaba para el gasto de la casa una fanega de
harina, que bien se llevaba al molino.
La tarea de ir al molino estaba reservada a
los adultos o a los hijos mozos: Siempre se
estaba expuesto al fraude, así que había que estar
bien atento a la maquila.
Una fanega de escanda, maíz o trigo tenía
que rendir un determinado número de panes --recordemos
que el grano, excepto si lo hacía el cliente para comprobar
lo maquilado por el molinero, no se pesaba nunca--. Cada fanega
tenían que sacar un cierto número de panes. Así se
ponía
a prueba tanto la habilidad del molinero para obtener más
y mejor harina --que cundiera más--,
como su prudencia a la hora de maquilar.
Su especialización laboral conlleva un
trato de cierta consideración por parte de sus vecinos,
en el contexto de relaciones vecinales muy estrechas, en el que
se desenvolvía la vida de estas comunidades rurales. El
molinero, como cualquier otro vecino del que en cierta manera
se dependiera, era alguien con quien no convenía estar
enemistado.
El control que con su oficio tienen de la base
de subsistencia alimentaria les coloca en una situación
privilegiada, de la que en forma alguna se podía eludir: «se
hinchaban», «se aprovechaban», dicen sus clientes.
Cierto es que había más de un molinero en cada
localidad, pero también, según el dicho, contado
por los propios molineros: «De molinero cambiarás,
pero de ladrón no». Económicamente, vivían
con un cierto desahogo e independencia: «Los de los molinos
vivían bien», aunque en los años duros «también
ellos pasaban apreturas».
Su renta proviene tanto de la actividad artesanal-comercial
que desempeña como de la agricultura.
La desconfianza en los molineros ha sido tema
de numerosos refranes y proverbios, reflejándose también
ampliamente en la literatura, a lo que se añadía
la situación del molino, en las afueras de los pueblos
o un poco alejados de ellos, para reforzar la imagen un tanto
siniestra de algunos molineros.
La situación de los molinos, habitualmente
fuera de los pueblos, era propicia para la reunión
y el encuentro entre vecinos, con un carácter principalmente
festivo. |